“¿Si no respondo de mí, quien
responderá por mi?
Pero si sólo respondo de mí,
¿aún soy yo?”
Talmud de Babilonia: Tratado de
Aboth[1]
Hoy
habrá quien aún se pregunte ¿qué podemos hacer con Lévinas? tal como lo hizo
Félix Duque en la Introducción a El
tiempo y el otro[2],
sin embargo, no es lo que podemos hacer con él sino lo que con él podemos
decir. Y ello es lo que motiva este
ensayo.
Si
tal como decía Lévinas, la ética se desliza en nosotros antes que la libertad[3] ello
también quiere decir que nuestra relación con el mundo es ética por el hecho
que lo exterior supone y más particularmente, que las relaciones interhumanas
son relaciones éticas, o bien, que somos conforme las relaciones que
establecemos. Se dice que una de las grandes pretensiones de este filósofo era
la de establecer la Ética como una filosofía primera y es así como en Difícil Libertad, dice que hay que amar
a la Torá más que a Dios, es decir, que hay que proteger al hombre, el hombre
es prioridad ante lo sagrado.
Desde
pequeños nos sabemos en un mundo y conforme vamos creciendo nuestro horizonte
se va ampliando pero siempre estamos en
relación con algo. Si hemos de ponernos en el contexto de este autor para
entender un poco lo que dice y guiar este breve razonamiento debemos considerar
que el sujeto como tal no existe sin los otros, es decir, que ese “mi” o el
“yo” se define por la relación con la otredad. La importancia del “otro”, de
ese alguien que no soy yo es
fundamental porque nos hace ver que son precisamente nuestras vivencias con los
otros las que nos hacen ser o dejar de ser lo que somos dado que estamos siendo
con ellos. El otro es aquello anterior a mí y que es definitivo en cuanto me
conforma y lo ha hecho siempre. Ahí mismo se encuentra la cuestión del sujeto y
del cuidado, es decir, si existimos es porque hay alguien que de una forma u
otra cuido de nosotros.
Nuestra
relación con el otro, exige un des-inter-és, es decir, ponernos en su lugar sin
esperar nada a cambio, aceptar que a nuestro lado se encuentra otro. Se trata
de no ignorar, de reconocer en vez de conocer; en suma, de un preocuparse y
cuidar al otro en el cual nos descubrimos.
La
cuestión quizá resulte un poco más compleja. Uno no sólo puede y debe entender
que el otro nos hace ser o hacer sino también que nuestras relaciones con las
demás personas son éticas, ello con la mayor simpleza, tal es el sentido del
rostro. En nuestra época suele ser de lo más común pasar de largo sin
percatarnos de las personas a nuestro alrededor sin siquiera reparar en si
alguna cara nos es familiar o no, sin embargo, lo primero que vemos siempre es
el rostro, digamos pues que es nuestro primer contacto. Éste tiene una
expresión, el rostro “es la expresión del ente, como ente, su presentación
personal…”[4]
tal no nos da conocimiento del otro, sin embargo, nos invita a hablar dado que
desde el momento mismo de la expresión ya existe una relación que
posteriormente se convierte en una comunidad.
El
rostro, está desnudo e indefenso y opuesto a nuestro poder y violencia. El
rostro mismo implica buscar una relación no tiránica[5],
un hablar al otro que significa “darse” en su significación más antigua, es
decir, como quitarse el pan de la boca para dárselo al otro, o bien, ser y
estar aun en el silencio. Es relacionarse de forma tal que lejos de la
brutalidad uno se incline al amor y al cuidado. Se trata de una relación
verdaderamente humana, de un trato digno.
Lo
importante ya no es conocer al otro, conocer implica una reducción, y por todo
lo dicho con anterioridad resulta lógico que la mismidad no puede reducir la
otredad a sus esquemas, o bien, que un yo no puede reducir al otro porque no es
y jamás podrá ser su objeto. Ciertamente no puede haber un conocimiento de ese
alguien frente al cual estoy sino un re-conocimiento. “La cercanía
hacia el otro no es para conocerlo, por tanto no es una relación cognoscitiva,
sino una relación de tipo meramente ético, en el sentido de que el Otro me
afecta y me importa, por lo que me exige que me encargue de él, incluso antes
de que yo lo elija. Por tanto, no podemos guardar distancia con el otro”[6]
La medicina es para muchos demasiado
pretensiosa al querer curar y no niego que lo sea pero tampoco es punto clave
en este ensayo, lo que sí lo es, es una omisión desconcertante en la que ha
caído no la ciencia médica sino los profesionales de ella y es centrarse en un
dudoso curar dejando de lado el “cuidar”, ¿por qué es esto relevante? pues por
la simple razón de que nos conformamos por relaciones humanas y todas estas
relaciones interpersonales son eminentemente éticas, es decir, se tratan del
cuidado no de uno mismo sino de los demás. Ninguna persona debería perder de
vista este aspecto pero mucho menos la medicina porque no se puede pretender
“curar” algo que no se cuida y porque no se puede hablar de libertad ni mucho
menos de responsabilidad sin pensar en que hablamos de estas con respecto a
alguien más.
La muerte: Puro signo de Interrogación
La muerte trabaja con nosotros en el mundo; poder que
humaniza la naturaleza, que eleva el ser a la existencia, está en nosotros,
como nuestra parte más humana; sólo es muerte en el mundo, el hombre la conoce
sólo porque es hombre, y sólo es hombre porque es muerte en devenir. Pero morir
es romper el mundo; es perder al hombre, aniquilar al ser; por tanto es perder
la muerte, perder lo que en ella y para mí hacía de ella la muerte…[7]
Es interesante reflexionar sobre la medicina y
nuestra relación con ella. Ciertamente, la gran mayoría de nosotros, desde
nuestro nacimiento estamos en un hospital y aun mucho antes, pero nacemos en
uno y frecuentemente morimos en él, ¿qué puede hacer un médico contra la
naturaleza o contra la voluntad de la vida, más aun, contra la voluntad de
muerte? Desde la concepción, los seres humanos somos susceptibles de este
mundo, de morir o de padecer en cualquier momento. Nuestro envejecimiento es
irremediable, nuestra muerte, a pesar de lo que se guste decir es inaplazable.
Hay modos de conservar un cuerpo, pero sólo la naturaleza sabrá hasta donde
conservar la vida.
Todos
le tememos a la muerte por el simple hecho de ser un misterio, un abismo, puro
signo de interrogación. Lo que nos hace distintos es cómo la esperamos,
pareciera que los médicos la esperan como un enemigo cuando no existe nada más
natural que ella.
Dice
Lévinas que todo lo que sabemos de la muerte es de segunda mano, que nadie ha
visto morir a nadie debido a que suponer que la muerte es tan sólo experiencia
supone una reducción porque no se trata de una factualidad empírica, “la muerte
es el sin respuesta”[8],
sin respuesta, ¿a qué?, a todo.
Cuando
uno observa un rostro, se dice que se encuentra frente a la expresión de la
desnudez porque tal rostro “es alguien hasta el punto de apelar a mí, de
colocarse bajo mi responsabilidad”[9],
es alguien por quien debo responder. Cuando el otro llega a mí y se expresa no podemos hablar sino de
un acto de confianza y cuando ese otro muere mi relación con su muerte es que
el hecho de que ya no se exprese, de que ya no se me confíe, su ya no respuesta
nos afecta en lo que Lévinas llama una culpabilidad de superviviente dada
porque la movilidad del rostro ha cesado.
La
muerte es signo de interrogación porque es un misterio y porque aun estando
presentes no vimos su muerte. En otras palabras, de la muerte del prójimo sólo
conservamos las apariencias externas de un proceso.
Nuestra
inquietud por el otro, por ese que se me confía no se basa en el conocimiento
ni en englobarlo porque el otro no puede ser un objeto. Nuestra responsabilidad
por y de alguien es un deber antes que una deuda. Siempre está presente un
riesgo del sinsentido así como siempre la muerte es signo de interrogación
hasta la relación con la muerte propia.
El
verdadero terror al saber que alguien, que un otro ha muerto no es la de saber
que uno va a morir, lo que consterna no es ese egoísmo sino una de las
implicaciones de que toda relación sea ética y esta es la de la muerte del
otro.
Dolor y Sufrimiento: La soledad de la existencia
Mencionábamos con anterioridad que para Lévinas la
muerte es irreductible a la factualidad empírica, o bien, como él recupera en El tiempo y el otro, no hemos visto a
morir a nadie, pues, “he visto como se estaba ante la muerte, y cómo luego, por
arte de magia, el o ella ya no estaba. Pero no he visto el tránsito. Nadie lo
ha visto”[10].
La muerte es futuro purísimo es siempre por-venir, su tiempo no es sincrónico
porque nos es imposible hablar del instante de la muerte sino que es
anacrónica, es inaprehensible.
Todos
sabemos que vamos a morir, que dejaremos de estar y ser. Somos conscientes de
que el tiempo pasa porque es imposible no notarlo, el espejo lo hace presente
al igual que nuestro cuerpo, que nuestros sentidos. Nos sentimos envejecer,
notamos cambios en nosotros, todo ello nos indica que dejaremos de estar siendo
en algún momento. Nosotros nunca volveremos a ser lo que somos en este instante,
el devenir nos arrastra, somos consumidos. Morimos, padecemos, sólo la muerte
no muere.
En
cierto sentido estamos solos. Pero esa soledad no siempre se hace evidente. La
soledad proviene de que a pesar de que estamos en un mundo y nos encontramos
rodeados de seres y cosas con los cuales mantenemos relaciones nunca podre ser
otro para mí mismo, “Yo no soy el
Otro. Soy en soledad”[11]
porque la existencia de cada uno es algo que no se puede intercambiar. La
enfermedad suele enfrentarnos a la soledad del existir.
La
soledad se hace visible en el esfuerzo, el dolor y el sufrimiento. Este último es
la “imposibilidad de despegarse del instante de la existencia”[12].
Sufrimos cuando no encontramos un refugio, cuando no podemos huir ni
retroceder. Al no poder distanciarnos de…
es cuando sentimos sufrimiento.
Para
Lévinas, está presente en el sufrimiento la proximidad de la muerte. El dolor
no es finalidad en sí misma sino que encierra algo más, cuando se comienza a
sufrir se está a la espera de que otra cosa suceda, se está pendiente de otro
acontecimiento, hay algo más desgarrador que el sufrimiento, una inquietud que
va más allá: la incógnita de la muerte. La muerte que sólo nos dice que en
algún momento ya no podremos poder. Bien podríamos pensar que la muerte nunca
es asumida.
Uno sabe que nadie ha vencido a la
muerte pero aun así quiere intentarlo, en el caso de un enfermo terminal, éste
hace frente al acontecimiento sin aceptarlo, asume el papel del héroe, del
obstinado que siempre busca encontrar una posibilidad.
Cuidado y Responsabilidad: A
propósito de la medicina paliativa y el humanismo del otro hombre
Kûbler Ross afirmo que “hoy en
día, el morir es algo solitario, mecánico y deshumanizado… porque a menudo el
paciente es arrebatado de su ambiente familiar y llevado a toda prisa a una
sala de urgencia en la cual lenta pero inexorablemente, está empezando a ser
tratado como cosa… A menudo las decisiones las toman sin tener en cuenta su
opinión. Si intenta rebelarse, le administrarán un sedante y, al cabo de horas
de esperar y peguntarse si lo resistirá, le llevarán a la sala de operaciones o
a la unidad de tratamiento intensivo… Puede pedir a gritos descanso, paz y
dignidad, pero sólo recibirá infusiones, transfusiones… Puede que quiera que
una sola persona se detenga un solo minuto para poder hacerle una sola
pregunta… pero se encontrará con una docena de personas pendientes del reloj…
pero no por él como ser humano”[13]
Desde
la ética levinasiana podemos hablar de la medicina paliativa. Una medicina en
la cual el propósito ya no es el de curar sino el de cuidar dado que por
definición se trata de “el cuidado activo total del paciente cuya enfermedad no
responde al tratamiento curativo”[14],
es decir, los cuidados destinados a aliviar los sufrimientos sin la finalidad
de curar puesto que ello resulta imposible. Y que incluyen el control del dolor
así como los problemas psicológicos, sociales, espirituales, etc.
Lévinas
dice que la responsabilidad es anterior a la libertad precisamente porque es
nuestra responsabilidad la que nos guía a ser libres mediante el reconocimiento
del otro. Pero ¿qué significa realmente ser responsable?
La
responsabilidad es hacerse cargo no de la existencia propia sino de la
indigencia ajena, es “abrirse pasivamente, abnegadamente a la insondable muerte
y al sufrimiento de otro-ahí”[15]
La responsabilidad que yo tengo del otro es intransferible.
Hemos
dicho que todas las relaciones interpersonales son para Lévinas, relaciones
éticas, que exigen el reconocimiento del otro (otro-ahí), pero también debemos
decir que una relación ética es estar cara a cara.
Ese otro, ese rostro que aparece ante nosotros y en
particular frente al médico, ese otro que es el paciente: se exhibe, expresa,
relaciona y finalmente, se confía. El médico bien puede decir que el paciente
viene a confiársele con todo lo que ello implica, con la desnudez propia del
rostro. Y lo hace aun cuando el médico le dice que ha de morir
irremediablemente. No es que uno vaya a ver a un médico para que le diga que
vivirá eternamente pero decirle a un hombre que está enfermo y que ya no queda
nada que hacer no es un compromiso fácil y uso esta palabra, compromiso, porque
eso es precisamente lo que exige la eticidad del lenguaje y de la tarea médica.
El
médico se encuentra frente a otro-ahí al cual debe informarle y hasta
convencerle de que su dolor y muerte son razonables (y ciertamente lo son), son
lógicas.
Ante
la otredad entra la reacción altruista, esto es, el “no matarás”, pero el
sentido que encierra este “no matarás” va más allá de lo que pareciera
evidente. Lo que tal precepto quiere decir es que no se reducirá una desnuda
altruidad a la mismidad de los esquemas de apropiación. El otro, el paciente,
exige que no se le tenga por medio ni objeto, pide a gritos no ser reducido,
pues, humanamente, ¿cómo puede reducirse su otredad a la mismidad de la
medicina?, es decir, ¿cómo puede tratársele sin consultarlo?
El estar
cara a cara (tan propio de las relaciones éticas), estar frente a un rostro tiene
la implicación ética del no matarás, es decir, que uno no deberá despreocuparse
del otro porque si lo hace simplemente lo está matando. Olvidar que se está
frente a otro ser humano, no sólo es caer en un reduccionismo y por ende en un
egoísmo y aniquilamiento del otro sino también una total falta ética, que va
desde la omisión de los buenos días hasta el encarnizamiento médico.
Lévinas se preocupa por un humanismo del otro hombre, dice que hemos de preocuparse
más del hambre y miseria de los demás que de resguardar una propiedad o una
libertad, tal es la dimensión de su propuesta. El des-inter-és es realmente la
actitud con la cual se deben dirigir todas las humanidades y todos los hombres.
La
responsabilidad y la libertad se relacionan precisamente con el trato digno a
los pacientes, a toda clase de paciente o persona pero sin duda que es de gran
importancia en lo que se refiere a los cuidados paliativos.
La
relación cara a cara de la que nos habla Lévinas es una guía dentro de la ética
médica. No podemos negar que es una tarea difícil sin embargo, el proyecto de
las humanidades médicas lo exige así como reclama un trato digno a los enfermos
y a toda persona con la cual se relacionen pues de no hacerlo se está matando a
tal sujeto pues ignorar o despreocuparse del prójimo es matarlo, es anularlo.
La epifanía del rostro ofrece precisamente ver y reconocer al otro-ahí, y nos
da las pautas para humanizar la práctica médica. Los pacientes no son números,
su vida no es parte de una grafica. Su muerte no es una derrota médica ni mucho
menos una vergüenza estadística. ¿Cuánto
vale el tiempo del reloj si no se es capaz de mirar el rostro de ese alguien
que no soy yo?
Un
paciente espera, siempre está esperando. Irónicamente no espera una nueva
inyección, otro tratamiento o un hospital diferente, quizá sencillamente espere
que se le tome en cuenta, que por un momento se le mire y se le dé, está aquí
presente la importancia del dar y del decir. Un enfermo, como cualquier
persona, quiere que se le pregunte cómo se siente, qué quiere. Un enfermo aún
en estado terminal merece ser tratado con dignidad, ser tomado en cuenta
simplemente por el hecho de ser una persona, de nada sirven médicos que tomando
medidas para salvar a un paciente lo maten con su indiferencia, con su inter-és
tan contrario a la exigencia del des-inter-és levinasiano. Es necesario
reconocer que nuestra tarea (con el despectivamente llamado enfermo o el
subordinado paciente) es ser con él, ello es actuar éticamente pues de no
hacerlo se estará anulando el humanismo del otro hombre así como el autentico
sentido de la relación cara a cara en la cual una persona se le confía a la
otra en su sentido más puro y en la que un médico se hace responsable de una
tarea intransferible que lejos de ser una deuda es un compromiso ineludible.
Concluyamos diciendo que la muerte es un evento imposible desde esta
perspectiva pero ello no quiere decir que no llegara y como seres humanos lo
único que se puede hacer es estar para el otro-ahí no como parte de una
obligación sino de una comunión que se estableció inicialmente con la epifanía
del rostro.
Bibliografía
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Derrida,
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Lévinas
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Parra,
Fredy. El tiempo, el otro y la muerte a
través de Emmanuel Lévinas
[2] Cfr. Lévinas,
Emmanuel. El tiempo y el otro
(Introd. De Félix Duque) Barcelona: Paidós, 1993, p. 9
[4] Lévinas,
Emmanuel. La realidad y su sombra,
Libertad y Mandato, Trascendencia y Altura, Madrid: Trotta, 2001, p. 79
[5]
Cfr. Lévinas, Emmanuel. La realidad
y su sombra, Libertad y Mandato, Trascendencia y Altura, Madrid: Trotta,
2001, p. 84
[6] Gil, Jiménez Paula. Teoría Ética de Lévinas en Cuaderno de
materiales Filosofía y Ciencias Humanas, no. 22, Madrid, 2010,
http://www.filosofia.net/materiales/num/num22/levinas.htm.
[7] Maurice Blanchot, en La literatura y el derecho a
la muerte, cit. por Diego Fernández en De otro modo que ser- (para-la-muerte).
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